Las virutas de chocolate, cuando están calientes, son como las tardes de invierno sentado en el sofá, leyendo, mientras tu dormitas apoyada en mi regazo y yo te acaricio la cabeza. ¿qué hubiera sido de mi si tus ojos no fuesen tan profundos?...

mermelada caliente encima de una tarta de manzana. Viento, truenos, lluvia, salgo a recoger cosas, me esperas en la puerta (de nuevo tus ojos) y me recibes, dulce, secándome la cabeza. ¿Cómo respiraría si tu pelo no oliese a almizcle?...

Los ojos vidriosos, casi pícaros, del que trabajo siempre sin querer, los ojos francos, sinceros, planos, del que te ofrece todo lo que tiene. Los ojos dulces, el pelo de algodón, de la que te cuenta esas cosas que yo se te gustan (y a mi también, y que me mata que te gusten, porque me hacen senitr tan cerca que me duele). El silencio de la noche... las estrellas... ¿cúando dejé de ser yo, para ser nosotros?...

una vez leí que si dejas colgado un libro al viento, y observas las hojas que van cayendo, las hojas que la lluvia va desgastando, siempre las que quedan, tienen un significado especial, son capaces de definir la esencia de lo que queda y el todo que se fue. Quiero dejarme ir, como un libro al viento, porque se cuales son mis hojas importantes, pero soy incapaz de separarlas del resto. ¿dónde puedo ir que haga tanto viento que quite mis hojas prescindibles?...

El hormigueo de compartirme solo es comparable a la sensación de necesidad propia del sediento. ¿Por qué tus colores me huelen a buenos dias con cafe con leche, y tus sonidos me saben a mermelada de melocotón, y tus olores los recuerdo en blanco y negro, con nostalgia?